MI QUERIDO SOBRINO DANTE que ahora tiene seis años ha descubierto, nuevamente, las historias de ALFENIQUE, con un brillo distinto.
Todas las noches su mamá lee nuevamente todos los cuentos que él pide con entusiasmo.
Aquí va otra de las historias:
Alfenique y su amiga Julieta conversan en el jardín.
-Hola, Alfenique -, saludó Julieta mientras cargaba la carpeta de dibujo y la mochila que le había regalado su tía.
-Hola Julieta, ¿viste qué lindo está el árbol de tilo? Se llenó de hojas otra vez-, dijo Alfenique sentado a caballito sobre la rama baja del cedro.
-Sí, en el invierno tenía palitos secos y ahora rebalsa de hojas muy pero muy verdes -, agregó Julieta desparramando los crayones sobre la mesa del jardín.
-¿Por qué será?
-Alfenique, al sol le volvió la o que se había ido en otoño y entonces le vinieron las fuerzas como a un ogro pero bueno y por eso los colores se hacen más más... despiertos, sí, colores más despiertos, hojas nuevas, me crece el pelo, dijo mi mamá...-, se esforzó Julieta.
-Y flores, Juli, ¿viste? y el aire cambió el olor y ya no te sale humo de la nariz a la mañana-, dijo el fantasma atento a la conversación.
-Y después van a venir las vacaciones, ¿sabés que me voy a Córdoba con mi abuela Telma?
-Qué lindo te voy a extrañar, ¿es lejos Córdoba?-, preguntó afligido el fantasma y voló a sentarse bien cerca de su amiga.
-Sí, muy muy muymuymuy lejos. ¿Querés que te escriba una carta con todo lo de allá? ¿Cómo se mandan las cartas los fantasmas?
-Es facilísimo se la das al cartero fantasma, ellos siempre pasan a la tardecita por la plaza-, explicó Alfenique orgulloso.
-¿Y si hay más de una plaza, a cuál voy?-, dudó Julieta arrugando la frente.
-A cualquiera porque los fantasmas carteros son caminadores, pasan por todas-, se hamacó Alfenique en la rama.
-¡Cómo sabés!, ¿quién te enseñó todo eso?-, se asombró ella.
-Mi mamá cuando le mostré la carta que vos me regalaste el otro día-y Alfenique se bajó del cedro y acarició la hoja blanca que Julieta había preparado para dibujar.
-Mmm, la dejaste perfumada, bizcochuelo de vainilla, mmm tenés más olorcito que otras veces ¿no te bañaste? -, se divirtió Julieta tratando de que su amigo se enojara un poco.
-Sí, nena, esta mañana me mojé todo con la lluvia, estoy limpito, limpísimo, nena-, le contestó Alfenique oliéndose las manos, preocupado.
-Tanta charla y nunca me decís lo del perfume a bizcochuelo de vainilla dale, contame ahora así dibujo-, insistió Julieta compradora.
-Ufa, ¿ahora?-, se quejó Alfenique refregándose los ojos.
-Sí ahora, ¿qué, tenés sueño? Dale ahora ahora, dale. ¿Cuándo elegiste el olor a bizcochuelo de vainilla? Dale mientras yo dibujo y después te lo regalo -, insistió Julieta.
-Bueno, bueno...La historia empieza así:
Cómo elegí el perfume a BIZCOCHUELO DE VAINILLA.
“Una tarde, cuando vivíamos en la casa anaranjada de la otra cuadra, mi mamá se puso a preparar una torta porque era mi cumpleaños. Batió primero las yemas con el azúcar y cuando todo era una crema pegajosa, empezó a ponerle harina. Yo volaba alrededor impaciente, quería meter un dedo o toda la mano y comer masa cruda.
-¡Salí, Alfenique! ¿No podés esperar?-, me repetía mi mamá frunciendo la cara.
Yo no paraba de molestarla: sentado sobre la mesa cantaba fuerte fuerte, le hacía viento con las manos, le sacaba la lengua, y ella a los gritos:
-No sigas, estoy perdiendo la paciencia, andá a leer o a jugar. Como yo insistía, mi mamá me sopló con bastante fuerza para que me corriera y fui a parar al comedor. Eso no me gustó para nada aunque esta vez, sí, esta vez tenía razón. No dije ni a ni b ni nada y enseguidita aproveché el viento violento que entraba por la ventana, me agarré de la cortina y fui y vine, vine y fui .
Justo pero justo cuando se me ocurrió abandonar ese juego y entretenerme soplando el polvo de los muebles, escuché a mi hermana que lloraba y espié en la cocina. Cuando mi mamá salió secándose las manos en el delantal, volé muy despacio hasta la cacerola donde estaba la torta cruda y me apoyé en el borde para meter los dedos. Parece que soy pesado porque la olla no aguantó y ¡chau!, nos dimos vuelta los dos: la olla con la masa empalagosa y yo. ¡Se armó un revoltijo muy pero muy desprolijo!
Quedé en el suelo embadurnado de amarillo porque lleva mushímos huevos. Mmmm, tan rica, para chuparse los dedos y las manos. Empecé a comer despacito para saborearla bien y cuando tenía la boca bien llena vi que desde la cabeza se me chorreaba la vainilla. ¡Sí, el frasquito también había caído con la torta y conmigo! Era un desastre riquísimo, perfumado, mmm, mmm.
Mi mamá regresó asustada por el cacerolazo sobre la cerámica, y cuando me vio, se rió con una carcajada tan fuerte que mi hermana volvió a llorar. ¡Menos mal, menos mal, me salvé de la penitencia!, pensé pero...pero...
Volvió mi mamá todavía riéndose y dijo:
-¡Qué lindo aroma, Alfenique, pero rápido a bañarse y dejá de comerte la crema cruda, qué costumbre!
Y, sí era como una penitencia, tenía que bañarme y además perder con el agua esa golosina pastosa y suave como una caricia adentro de la boca. Y el olorcito a vainilla también iba a desaparecer con el agua. Ufa, no quería no, no.
Entonces me vino una idea rápida como el soplido de una mamá que bufa: ¿Y si me lo quedo? Sí, me gusta es riquísimo. Sí, elijo el olor a bizcochuelo de vainilla.
Esa noche se lo dije a mi familia. No sabés qué fiesta se armó. Aplaudieron, me abrazaron, cantamos y nos comimos toda la torta que había traído mi tía Contenta olor a polenta”-, terminó Alfenique, orgulloso de su historia.
Julieta, después de felicitarlo, le dio un beso muy cariñoso, levantó la hoja y le dijo:
-¡Mirá, dibujé todo, es para vos, te quiero mucho Alfenique!