

Para disfrutar el tiempo libre con los cuentos de ALFENIQUE aquí va uno:
La calabaza, la papa y el gato
El martes a la tarde, Alfenique no tuvo clase porque la Señorita Margarita estaba enferma, entonces, bajó del pino y fue al patio de la casa de Julieta.
-¡Hola, hola!-, llamó varias veces. Como ella no le contestó pensó que habría salido.
-Qué raro, no ladró Gervasio -, se dijo Alfenique.
El fantasma, se recostó a tomar sol contra una maceta colorida y de paso miró a su alrededor:
Un gato grandote dormía hecho un ovillo sobre una manta a cuadros; una mosca volaba alrededor de la cola que, de vez en cuando se levantaba; desde la jaula, un pajarito chillaba tanto que Alfenique le preguntó:
-¿Qué decís?, yo no te entiendo-, y caminó hacia él para verlo de cerca.
Pero en el trayecto se detuvo porque descubrió que la bolsa de arpillera se movía. Esperó quieto y escuchó:
-Uaaa, uaaa, uaaa-, bostezaba una enorme calabaza mientras salía muy lentamente a causa de sus piernas cortas.
Con el ruido, se despertó el gato Mulato. Abrió un ojo, miró de reojo y se quejó:
-¿Por qué no seguís durmiendo, en vez de abrir tanto la bocota, calabazota?
-¡Zás!, ya empezaste a molestar, nada de lo que hago te gusta-, rezongó la calabaza y fue hacia las macetas. Se paró en puntas de pie y quiso ver si la tierra estaba húmeda.
Mulato que la observaba ahora más despierto, alzó el lomo oscuro y ronroneó:
-Esta mañana las regó el padre de Julieta ¿no lo viste?, calabaza distraída.
-No, señorito sabetelotodo-, contestó ella dándose vuelta un poco molesta.
Riéndose a carcajadas el gato corrigió:
-¡Ja, ja, se dice sabelotodo, calabaza dulce como la melaza!
-¡Basta, basta, no me pelees más!-, gritó tan fuerte ella que asustó al fantasma.
Esta vez Alfenique no corrió a esconderse pero perfumó el patio con aroma a bizcochuelo de vainilla.
-¡Qué rico olor! ¿Te bañaste en perfume?-, le preguntó la calabaza y empezó a bailar girando alrededor de él que se quedó como una estatua.
Dio tantas pero tantas vueltas la calabaza que se mareó y tropezó con el pie de Alfenique.
-¡Ay, ay ay me duele, me duele-, lloriqueaba sin dejar de mirar al fantasma. Y de pronto se dio cuenta que no lo había visto antes, entonces le preguntó asombradísima:
-¡Oia! ¿Vos sos un juguete nuevo con olor o un gato distinto?
-Soy un amigo de Julieta-, respondió Alfenique.
-¡Ah entonces sos de los nuestros!¡Muchísimo gusto, encantada-, y le extendió la mano.
Mulato no los dejó terminar de saludarse, aterrizó de un salto y empezó a pasar su lengua por la cara del fantasma.
-¡Basta-, ordenó la calabaza y empujó al gato.-¡Dejalo tranquilo! ¿te creés que es un helado?¡Qué falta de respeto!
En ese momento llegó la papa que venía de la bolsa y saludó:
-¡Hola a todos!
Mulato no contestó y se fue a tomar la leche malhumorado.
La calabaza, muy educada, hizo las presentaciones:
-Él, es un gato rezongón pero bueno-señaló con su dedo índice- ella, es la Señorita Papa y yo soy Calabaza, ¿vos cómo te llamás?
-Alfenique-, contestó el fantasma cada vez más sorprendido y contento.
-¿Alfeñico, querés jugar con nosotros? – preguntó la Calabaza.
-Alfenique-, repitió él un poco más fuerte.
-Eso, eso. Algunas palabras me dan trabajo-, se disculpó ella.
-¡Distraída, distraída!-, se burló el gato Mulato que alisaba la manta para dormir otra siesta.
-No le contestes-, aconsejó la Señorita Papa bastante mandona, y agregó:
-Agachate que te doy un beso, Alfenique.
El fantasma la saludó confiado. Hasta el momento ninguno de ellos había intentado espantarlo. ¡Eran muy divertidos!
-¿Vamos a la terraza?-, propuso la Señorita Papa.
-¡Vamos!-, exclamaron al mismo tiempo Alfenique y Calabaza.
-¿Alfenique, chiquito como un meñique, no querés quedarte conmigo?-, gruñó Mulato moviendo la cola para espantar a la mosca.
-¡Qué malos modales!, ¡No molestes más, qué barbaridad!-, gritaron al unísono la Señorita Papa y Calabaza mientras se iban con el fantasma a la terraza.
Cuando estaban apenas por el tercer escalón la señorita Papa se quejó:
-¡Qué trabajo me da ésto, uy,uy!
-¿Por qué vos subís con saltitos, Alfenique?-, preguntó Calabaza secándose las gotas de su frente porque también a ella le costaba mucho esfuerzo.
-Y será porque soy fantasma, no sé-, dudó él.
-¡Ah! ¡mirá qué bueno es ser fantasma para subir esta escalera tan empina a a a a Ayyyyyyy-, ¡y se vino rodando la pobre Calabaza!
-¡Uy, nena, nena, cuidaaaaado!-, gritó la papa que por tratar de sostener a la calabaza también empezó a caer golpeándose por todos lados.
Alfenique no sabía cómo ayudar. ¡Quiso pararlas y no pudo!.
Entonces ¡menos mal!, Mulato pegó un salto y se paró al pie de la escalera.
-¡Ah, ah qué barbaridad!-, gritaban las dos que por suerte no se lastimaron más porque el cuerpo carnoso del gato las detuvo.
Tanto la calabaza como la papa quedaron patas para arriba en el suelo.
-¡Me resbalé, ay ay, qué dolor!-, gritó la Señorita Papa tratando de enderezarse despacio.
-¡No, te tropezaste!-, corrigió Calabaza una vez que se pudo sentar.
-¡No, me resbalé, te dije!-, insistió la señorita Papa.
-¡Baaaaasta de discutir, atropelladas! ¡Hay que tener más cuidado! -, se impuso Mulato zarandeando la cola.
-¡Ay sí, suerte que nos salvaste, gatito, ay si no hubiera sido por vos!-, lloriqueó Calabaza, miró a la Señorita Papa y ordenó muy mandona:
-Dale las gracias.
-¡Dáselas vos!- gritó la otra enojada.
Mulato movió el bigote, las miró serio y se fue a su manta rezongando.
Alfenique, repuesto del susto, se empezó a reír de la nueva pelea y le dieron ganas de contarle todo a su hermana.
Se despidieron con besos y abrazos menos el gato que, por supuesto, ya había empezado a roncar.