Ayer estuve con Tatiana, otra amiga que tengo cuando voy a la pileta y me dijo que leyó una de mis historias en la sala de cinco de un Jardín de Infantes, parece que gustó mucho y despertó las aventuras fantasmales de los chicos.
Ahora comparto con ustedes cositas que escribe Nora, son entretenidas, sabrosas.
Si tienen entre dos y cuatro años les van a encantar, los más grandes pueden bajarlas a la computadora y leerlas solos.
Cariños y hasta muy pronto:
ALFENIQUE
Julieta vive en una casa lejos de la Capital Federal. Su familia se mudó no hace mucho. A ella le gusta el nuevo lugar que es diferente y grande, no se parece en nada al departamento chiquito de Almagro. Acá tiene espacio sin ruidos, no hay humo con mal aliento y, además, la dejan tener una gata. Se llama Perita. ¿Saben por qué le puso ese nombre? Porque Perita, la rubia de la casa, come fruta cortada en pedacitos.
En el terreno de la casa de Julieta crecen árboles frutales. Ella prefiere al limonero que está cerca de la enorme ventana de su habitación donde le encanta apoyarse y mirar para afuera. Allí descubre los dibujos que el sol y la sombra marcan en la tierra cuando atraviesan las ramas de las plantas. Observa el cielo, a veces tan azul y fresco, que parece recién hecho por una mano invisible. También disfruta la lluvia cayendo silenciosa y persistente.
La ventana de Julieta, sin ninguna duda, es el lugar que elige para imaginarse todo lo que después dibuja y pinta.
¿Qué sueña Julieta acodada en el marco de la ventana?
Sigamos a las palabras para saber cuáles son las fantasías de Julieta.
SOPA DE LIMÓN
El duende Miguel llegó al pie del limonero a las tres cuando salen los duendes en el campo. El cielo celeste fuerte, los árboles verdes de verano, el pasto brilloso y la tierra se duermen mientras ellos juegan.
El duende Miguel encontró a sus amigos Pepe y Tomás debajo del limonero revolviendo algo en la olla con cucharas de madera. La olla hervía sobre el brasero encendido. De adentro salía olorcito a crema perfumada que iba directamente a las tres narices de los tres duendes Tomás, Pepe y Miguel.
-¿Qué están haciendo?-, le preguntó Miguel a sus amigos.
-Una sopa inventada con los limones de esta planta-, le contestó Tomás sin dejar de mezclar con la cuchara de madera.
-¿Sopa en verano?, no me gusta la sopa en verano aunque huele ¡exquisita, la quisiera ver! -, casi gritó Miguel ansioso.
Y entonces cuando el duende Miguel se acercó muy cerca la riquísima crema amarilla lo llamó con voz muy suave:
-¡Vení, duende de la siesta, comete el menjunje que es una rica mezcla!
-¡Mmmmm, mmmmm!, ¡Crema de limón, un invento más dulce que el melón!-, murmuraba Miguel que, muy glotón, quería subirse a la olla para tocar y comer.
Se arrimó tanto pero tanto Miguel que empujó a Pepe que tumbó a Tomás que volcó la olla que derramó la sopa que apagó el fuego. ¿Y la sopa de limón adónde quedó? ¡Desparramada en la tierra!
Los tres duendes se miraron estupefactos. Pepe y Tomás, furiosos, se arremangaron las remeras y empezaron a caminar hacia Miguel que, asustado, despedía jalea de membrillo por los ojos. La carrera empezó enseguida. Miguel corrió y corrió por el terreno. Al principio Tomás y Pepe estuvieron a punto de alcanzarlo, entonces Miguel le puso tanta fuerza a sus piernas que los dejó bien atrás. Al rato Miguel no los escuchó más y decidió darse vuelta. Pepe y Tomás habían desaparecido.
-¿Adónde están?-, preguntó con voz fuerte Miguel.
-Escondidos-, contestaron Pepe y Tomás.
-¿Ya no me quieren agarrar por lo que hice?-, insistió Miguel.
- Si nos encontrás, te dejamos chupar la sopa de limón que quedó en la olla-, le contestaron los dos duendes acurrucados cada uno detrás de un duraznero.
Y comenzó el juego que los hizo olvidarse del zafarrancho y del enojo.
Se oyó el canto de un benteveo y la voz de Miguel:
-Claro que los voy a descubrir y muy pronto.
Fue por acá pisando despacio para no hacer mucho ruido y los escondidos se cambiaron más allá; fue por aquí y los escondidos se metieron por allí. Así sucedió un vez y otra vez. ¡No hubo forma de hacerles piedra libre!
Al atardecer, hora en que a los duendes les da hambre y sueño, Tomás y Pepe, cansados de engañar a Miguel, gritaron:
-¡Piedra libre para todos los compañeros! Te ganamos, Miguel, pasaste mil veces cerca y no nos viste.
-¿Están seguros de que no hicieron trampa, pasé mil veces por cada árbol y no los vi?-, preguntó Miguel muy seguro de lo que decía.
Pepe y Tomás se miraron culpables porque sí habían hecho trampa, y rapidito se taparon las orejas para no escuchar los reproches de Miguel.
Por primera vez ninguno se echó la culpa de nada ni largó cosas feas de la boca, total, eran amigos desde que nacieron de la misma flor de limón, casi hermanos, y para qué gastar palabras y tiempo en pelearse, al final uno se puede equivocar y más si tiene hambre.
-¡A comer, a comer, a pasarle la lengua a la olla!-, dijo Miguel.
Se fueron los tres saltando tomados de la cintura al compás de:
A la ese ese a, a la jota jota ka, hago sopas y galletas, y ensalada de radicheta.
Le pasaron la lengua y los dedos a la olla hasta que brilló limpísima, y luego de un rato panza arriba para hacer la digestión se apuraron a regar con el balde azul. El sol se caía lejos, señal indiscutible de que la noche llamaba a la puerta. Los tres duendes acomodaron las cosas detrás de los limoneros, barrieron la tierra y todo quedó listo para el día siguiente.
Cuando Pepe comenzó la canción para irse a dormir, los tres subieron al limonero que está junto a la ventana de Julieta.
Pepe cantó así:
“Debajo del limonero, cocinero,
hago sopa de Limón,
si veo un duraznero, cocinero,
sopa de melocotón,
si camino hasta el ciruelo
para que crezcan mis muelas
cocino galletas de ciruelas,
¿y si aparece un nogal esta vez?
hago la torta de nuez”.
Arriba, los tres duendes se acomodaron para descansar hasta la tarde siguiente.
Y el campo quedó silencioso, con el sol bostezando entre nubes de tormenta en el borde lejano que es el horizonte.
Ahora continúa otro sueño de Julieta que se llama:
LAS DOS GOTAS Y EL ARCO IRIS
Después del fuerte aguacero, la gota Perica, con mucho esfuerzo, se escapó del balde azul.
Para saltar el charco, la escoba que barría sola le dio un empujón.
La gota Perica aterrizó debajo del limonero muerta de risa.
Desde arriba otra gota la llamó entusiasmada.:
-Subí, Perica, rápido que salió el arco iris. Es un mundo de colores, apurate, no te lo pierdas.
-No puedo-, contestó Perica haciendo fuerza por el tronco de la planta de limón con sus patas cortas.
¡Plaf, al suelo una vez, dos veces,...!
Subo un paso, me caigo; subo uno más grande,
me caigo otra vez.
-¡Y me distraigo con el perfume a limón y no me dan las fuerzas!, es muy alto.
Perica se acostó resignada y saludó triste a la gota que no paraba de animarla. Perica se rascaba la cabeza y la nariz buscando la solución.
El sol, muy orondo en el punto más alto del cielo, movía sus brazos relucientes. Miró hacia abajo y la vio a Perica tan preocupada que le preguntó:
-¿Qué te pasa, Perica?
-No sé llegar a la punta del limonero para ver el arco iris.
El sol pensó un poco y se le ocurrió una idea genial:
-¿Perica, qué es lo que más te gusta?
-La mandarina-, le contestó ella frotándose los ojos a punto de llorar.
-Cantale una canción a la mandarina a lo mejor..., a lo mejor...
-Nunca hice una canción, nunca ..., no sé-, rezongó Perica.
-Haceme caso, Perica-, insistió el Sol.
La gota Perica se mordió un dedo para ver si le venían las notas musicales y las palabras. Se rascó la oreja y nada, nada. Fue cuando se acordó de cómo es una mandarina y pensó en su sabor, en el anaranjado-mandarina de la cáscara que larga juguito y ¡ahí se hizo la magia! Primero cantó la música sin palabras, así, miren:
La la la la
La la la la la la
Y después le puso letra:
“Mandarina
sos la golosina
que me trae el viento
en su dulce canasta
de invierno.
Anaranjada y bailarina
con jugo de tiempo,
de siestas y cuentos”
Y entonces, mientras la gota Perica por primera vez cantaba:
¿Adivinen qué sucedió?
El calor del sol la hizo transpirar y muy liviana subió por el aire como en una danza donde no se toca el suelo.
Miró para abajo maravillada y como le gustó eso de inventar letras y música, cantó otra:
¡Chupaleta la mandarina,
subo flotando,
y volando, ando!
¡Chupaleta la mandarina
te veo arriba a a a a a a a!
Perica subió subió subió hasta donde la esperaba la otra gota que no dejó de aplaudir ni un minuto. Se dieron un abrazo mojado y juntas viajaron más y más:
¿dónde?
Hasta
Hasta el arco iris que las recibió con golosinas y... y... ¡una canasta enorme con mandarinas!
Hay otro sueño en esta caja de cuentos y se llama:
EL VIAJE DE LOS DOS
Ni bien las dos gotas de agua se perdieron en su viaje hacia el arco iris, Julieta se puso a dibujar hasta la hora en que su mamá la llamó para la cena.
Después de ayudar con los platos, Julieta salió al patio a saludar a su gata Perita que se paseaba intrigada frunciendo la nariz. A Julieta le pareció que el aire olía distinto pero tenía más sueño que ganas de ponerse a preguntar entonces saludó a todos y fue a su pieza.
Mientras Julieta se ponía el pijama, escuchó silbar al viento entre las ramas del limonero. Se acercó a la ventana y miró. No estaba muy oscuro porque la luna llena era una linterna gigante.
Julieta olió el aire y le picó la nariz.
-¡Qué rico aroma, es torta de vainilla!-, gritó Julieta. Corrió la cortina para ver de dónde venía y entonces:
¡Zás!, se metió un fantasma en su habitación. ¡Un fantasma con olor a bizcochuelo que inmediatamente perfumó el lugar. ¡Por eso Perita había fruncido el hocico! Su gata se daba cuenta de muchas cosas antes de que sucedieran.
El pobre fantasma se apoyó contra la pared y la miró horrorizado. Tenía la cara redonda de manzana y un montón de rulos rojos le caían en la frente.
Julieta empezó a aplaudir y a reírse a carcajadas. Era la primera vez que veía un fantasma. ¡Y con el pelo rojo y la lengua celeste que se le salía de la boca por el tembleque!
-Pobrecito, ¿por qué te asustás?-, le preguntó ella un poco burlona.
-Por vos, escuché cuentos de nenes y nenas pero nunca los había tenido tan cerca-, contestó el fantasma cada vez más nervioso.
-Siempre fue al revés, somos nosotros los que nos asustamos con las historias de ustedes-, dijo Julieta y empezó a bailar en una pata hasta que los dos se descostillaron de risa.
-Yo soy Julieta, ¿vos cómo te llamás?-, le preguntó ella.
-Soy Alfenique, ¿tenés algo de comer?, los sustos me dan hambre.
Julieta le convidó galletitas de chocolate. Alfenique ya no tembló más y se sentó junto a ella masticando en silencio entretenido con los dibujos colgados en la pared.
-¿Vos pintaste eso?
-Sí, me gusta hacer paisajes con duendes y otras cosas que sueño-, le explicó Julieta.
-A mí me gusta viajar, te invito-. Alfenique la tomó de la mano y salieron por la ventana volando suavecito.
La noche estaba prendida, era por la luna y las estrellas que bien veraniegas lucían remeras plateadas sin manga.
Julieta y Alfenique se fueron muy lejos para arriba. Miraron las casas, el campo y las plantas. Julieta le mostró a los tres duendes que dormían a pata suelta en la rama llena de limones y Alfenique le señaló el pino donde vive con su familia.
Tuvieron que parar a tomar agua en una nube y allí Alfenique le presentó a Marisel, la bruja de la miel, que les contó cuentos de chicos que se portan mal. La dejaron durmiendo y siguieron viaje hasta chocar con la bruja Mechuda que al principio tuvo ganas de comérselos pero se acordó que tenía un turrón en el bolsillo así que, en cuanto lo masticó todo, incluido el papel, partieron los tres montados en el peine gigante y mágico que va más allá de donde uno pueda imaginar. En un abrir y cerrar de ojos, cabalgando sobre el peine montado en un soplo ondulado llegaron a las estrellas. ¡Sí, aunque cueste creerlo!
Alfenique y Julieta no podían abrir la boca porque el asombro se las cerraba. ¡Las estrellas eran tan distintas de como las veían desde abajo! Algunas eran verdes luminosas, otras, violeta intenso, una casi negra.
-¿Por qué negra?-, preguntó Alfenique.
-Está apagadita, sin la luz del sol, muy viejita-, les explicó Mechuda con voz tierna.
-Fea-, agregó Julieta.
Ahí sí que se enojó Mechuda, le crecieron las mechas y gritó tan fuerte que les dio miedo:
-¡Porque esté apagada no es fea, porque esté vieja no es fea, nena, es que le pasó el tiempo y nada más! Acá todos la queremos y siempre venimos a visitarla. ¡Pensá antes de hablar, inconciente!
Alfenique tranquilizó a Mechuda convidándole un caramelo, ¡Menos mal! Vieran ustedes qué bruja furiosa cuando algo no le gusta.
Julieta puso cara de “¡Me mandé una macana!”, y desde ese momento se dedicó a disfrutar de todo lo que veía en silencio.
En la estrella verde brillante hicieron una parada. Tomaron agua, fueron al baño, se sacaron fotos en la cascada frente al cerro con la camarita de Mechuda y luego recogieron al sapo Fernando que volvía a nuestro planeta para trabajar en su profesión de Comebichitosquestandemás.
-¿Dónde quedó la Tierra?-, preguntó Alfenique cuando montaron de nuevo el peine mágico.
Mechuda la señaló y ¡Uau, qué hermosura lejana, casi redonda y bordeada de luz dorada!
-¡Qué suerte que vivimos ahí, es un precioso lugar, antes no me había dado cuenta!-, murmuró Julieta, bien bajito para que Mechuda no se enojara.
-¡Volvemos!-, alertó Mechuda decidida.
Y así hicieron: Alfenique, Julieta, Mechuda y el sapo Fernando montados en el peine gigante esperaron el soplo de las seis de la mañana y regresaron cantando.
El aterrizaje fue en el jardín de Julieta. Allí se despidieron con abrazos, agradecimientos y el saludo matinal:
¡Plato, platito, taza, tacita, ahora cada cual a su casa casita!
Alfenique enfiló hacia el pino y le prometió a Julieta invitarla para otro viaje. Mechuda desapareció velozmente montada en el peine gigante. Julieta entró por la ventana a su pieza y bostezó risueña. No quería acostarse en la cama, tenía ganas de seguir mirando las estrellas. Se apoyó en el marco igual que otras veces y se durmió. El sapo Fernando ya había comenzado su trabajo de comerbichitosquestandemás y tomaba los mates que le cebaba la lechuza del terreno de al lado.
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